martes, 17 de enero de 2017

Series

     Será porque soy un antipatriota redomado, pero no me convencen las series españolas. Y mira que lo intentan las productoras de las mismas, sobre todo Atresmedia, bombardeando mi indefenso cerebro con consignas autopropagandísticas en cualquier momento de la programación de sus cadenas. Escribo esto a propósito de la nueva aventura (es un decir) emprendida por Emilio Aragón (también es un decir), un supuesto enredo policíaco desarrollado a partir de una idea que solo puedo calificar, sin matices, de absurda: el receptor de un corazón donado recupera los recuerdos del donante, entre otras cosas la información de que fue asesinado. Causaba vergüenza ajena escuchar a Emilio Aragón (que en su día hizo cosas ingeniosas en televisión, ¿quién de mi generación no recuerda el "menos samba y más trabayar"?) justificando la viabilidad científica de este disparatado argumento a partir del hecho de que en el corazón también hay neuronas. ¡Pues claro, como en todo el cuerpo!, las neuronas son las responsables de transmitir los impulsos nerviosos a los músculos y vísceras, por lo que si no estuvieran diseminadas por el organismo entero los órganos dejarian de funcionar. ¿Pero a qué mente preclara se le ha ocurrido la genial idea de igualar "existencia de neuronas" con "capacidad de pensar"? ¿Desde cuándo las neuronas piensan? ¿De verdad el nivel intelectual de los responsables de la serie es tan bajo, o es que simplemente nos han tomado a todos por idiotas? (share del primer capítulo: ¡17,1%!, ¿es que no había nada mejor que ver a esa hora?).

Westworld, combinación de western y ciencia ficción, e inconfesa inspiración de la española Pulsaciones
      En realidad, todo huele a descarada operación comercial: Alguien ha oído hablar de la serie Westworld, de la HBO, donde (además de violencia y desnudos en abundancia) se defiende una teoría psicológica, más o menos peregrina pero plausible en el mundo de la ciencia ficción, sobre una primitiva mente bicameral que precedió a la aparición de la autoconciencia. Pero claro, ni el diseño de producción de Westworld (exteriores en Monument Valley, por ejemplo), ni los guiones, ni los actores, ni mucho menos sus pretensiones intelectuales tienen nada que ver con los de Pulsaciones, un simple "imito lo que otros hacen, a ver si saco sus mismos réditos".
      A parecidas conclusiones llegaríamos comparando series como la británica The crown y la española Lo que escondían sus ojos: la primera mira, con ojos realmente críticos, a personajes históricos todavía vivos como la reina de Inglaterra; la segunda, ni siquiera original en el título (¿nadie recuerda una película con oscar titulada El secreto de sus ojos?), pretende narrar un romance de los años 40 como si nos estuviera siendo revelado un secreto hasta hoy celosamente guardado. ¿No sería mejor buscar la inspiración en otros casos más recientes, por ejemplo los amoríos del anterior monarca? ¿O es que existe una censura invisible dictaminando qué asuntos pueden o no aparecer en una televisión presuntamente libre?

Una mirada critica a la monarquía británica: The crown


jueves, 12 de enero de 2017

Gredos, salvaje y libre

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Gredos como metáfora de la vida

martes, 3 de enero de 2017

Verdad, Vida y Religión

San Manuel Bueno, mártir y Nazarín: La religión en Unamuno y Galdós (y en Buñuel, Kierkegaard, Pascal, Schweitzer, Kant, Nietzsche...)

 

Lo importante no es lo que queremos decir, sino lo que decimos sin querer. La cita es de San Manuel Bueno, mártir, y nos sirve para introducirnos en el problema planteado en ambas novelas, San Manuel y Nazarín, en la primera de forma enteramente explícita: ¿cuál es el valor supremo al que subordinar (en lenguaje religioso, “sacrificar”) todo lo demás?, ¿lo que creemos verdad (“lo que queremos decir”), o lo que nos hace vivir (“lo que decimos sin querer”)?[1] La respuesta es, en ambos casos, diferente: Nazarín es un ejemplo de coherencia cristiana que, por contraste, pone en evidencia la hipocresía generalizada del clero; don Manuel oculta a sabiendas su falta de fe para no inquietar a sus feligreses. Verdad a cualquier precio frente a mentira piadosa, dos formas de “santidad” que, sin embargo, se excluyen mutuamente.
Benito Pérez Galdós
Galdós nos presenta un caso ejemplar: un sacerdote que cree lo que predica, al pie de la letra, sin disquisiciones teológicas, un poco a la manera de Francisco de Asís (el evangelio sin glosa). Pero a diferencia de este, no crea una orden religiosa finalmente integrada en la Iglesia, sino que termina enfermo y en la cárcel. Su trayectoria nos recuerda a la de Jesucristo, pero su pasión no culmina en resurrección. Galdós presenta a este sacerdote como contraimagen del clero y creyentes convencionales, pero no puede dejar de apuntar los rasgos de fundamentalismo que van aflorando en esta visión de la religión claramente incompatible con el humanismo y la ilustración: el desprecio por la cultura profana (“libros convertidos en abono”), la esperanza última en un fuego purificador que borre la maldad de la faz de la tierra… 
Edición de Nazarín a cargo de Alianza Editorial
Recuerdo una monja con probablemente bien ganada fama de santidad que, al ser nombrada superiora de un monasterio dotado de una rica biblioteca, declaró solemnemente que para rezar no hace falta leer libros… y prohibió a sus monjas el uso de la biblioteca salvo en circunstancias muy especiales y con permiso expreso. El propio Francisco de Asís restregó con ceniza la cabeza de un fraile que, el pobre, tuvo la ingenua ocurrencia de pedirle un simple breviario… A eso algunos lo han llamado compromiso cristiano o seguimiento radical del crucificado, denominación que no es sino una forma de dulcificar el desprecio ¿resentido? hacia los valores profanos. De ahí a los syllabos antiliberales o antimodernistas no hay más que un paso, dos para el incendio de bibliotecas y no más de tres para el exilio, prisión o ejecución de escritores, dibujantes o pensadores declarados herejes; pasos que la religión (cristiana o no) ya ha dado demasiadas veces.
Kierkegaard mostraba a Abraham levantando (por obediencia a Dios) el cuchillo contra Isaac, para referirse a una forma de pensar y sentir donde no solo los valores vitales y culturales, sino incluso la universalidad del valor moral, perdían su razón de ser ante la personalísima e irrepetible relación entre Dios y el creyente, entre el hombre que angustiado se asoma a la nada y el Totalmente Otro. En Abraham la razón y la ética quedan teológicamente anuladas[2]. Todavía hoy este siniestro episodio de la Biblia es mostrado como el paradigma de la verdadera fe y celebrado en las ceremonias de circuncisión, fiestas del cordero y pascuas de resurrección de todo el mundo judío, musulmán y cristiano. La fe se presenta todavía como obediencia y sumisión de la razón: no hay que entender, hay que creer y, sobre todo, obedecer. ¿Qué tiene de extraño que, igual que Abraham obedece a Dios para degollar a Isaac, el creyente lo obedezca para degollar al infiel? Todavía hoy, en ciertas formas de entender la religión (a veces las mejor aceptadas por sus representantes oficiales), la ilustración y, sobre todo, la autonomía moral permanecen como el enemigo a combatir.
Jesucristo riéndose del ingenuo Nazarín, en la película de Buñuel
No sorprende que Buñuel muestre a Cristo riéndose del pobre Nazarín, convencido como un quijote cualquiera de poder salvar el mundo únicamente siguiendo el evangelio y causando de hecho más entuertos de los que puede desfazer: significativo es el episodio en que, con su mejor intención, se ofrece a trabajar a cambio de comida y termina reventando una protesta laboral y provocando un tiroteo. Su actitud ante la vida se resume finalmente en el símbolo de la piña, tan hermosa como inútil. ¿Buñuel traiciona a Galdós? Es posible, pero solo en el sentido de que el primero no puede evitar reírse de lo que el segundo se toma demasiado en serio.
Hay quien dice que Nazarín anticipa la teología de la liberación, pero yo, la verdad, no acabo de verlo claro. Nazarín se entrega a los pobres, pero no lucha contra la pobreza. En vez de combatir la injusticia, espera la intervención divina. Su acción no es política, sino puramente testimonial. Lo extraño es que Galdós, tan reformista y anticlerical él, lo tome como un referente moral válido, pero ¿de verdad lo hace así? Dejo la pregunta sin contestar.
Albert Schweitzer sustituyó la teología por el humanismo
Miguel de Unamuno
Como ya he dicho antes, Nazarín puede hacernos pensar en Francisco de Asís, pero también en otros santos como Vicente de Paúl o Teresa de Calcuta. Don Manuel Bueno, por el contrario, nos recuerda más a Albert Schweitzer, también declarado santo por esa iglesia laica que en el fondo es la Fundación Nobel. Schweitzer realizó un brillantísimo estudio histórico-teológico que solo podía llevarle a una conclusión: Jesús se equivocó creyendo en un inminente fin del mundo y, por tanto, no era Dios; es más, su mensaje estaba tan condicionado por esa creencia escatológica que cualquier intento de traducirlo a las circunstancias actuales resulta artificial. ¿Qué hizo entonces, ante la irrefutable verdad histórica, el bueno de Schweitzer? Abandonó la teología, estudió medicina y se fue a Gabón, donde fundó un hospital para atender a los pobres por puro humanismo. Suplió el déficit de fe con un superávit de caridad, como don Manuel[3].
Tomás de Aquino, la concordancia razón-religión
Tal vez estemos forzando el paralelismo. Lo cierto es que don Manuel no busca la promoción humana (material) de sus feligreses. A la propuesta de fundar un sindicato responde: “Yo no he venido a someter los pobres a los ricos, ni a predicar a estos que se sometan a aquellos. Resignación y caridad en todos y para todos.” Y un poco más adelante: “¿no crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio de la vida?” Eso sí, no le parece mal que sus feligreses se preocupen por estos problemas, puesto que así se “distraen” y olvidan del verdadero motivo de angustia: “haber nacido para morir”.[4] Lo que realmente busca Manuel Bueno es combatir el sinsentido, el tedio vital (luchar para que Dios exista y la vida tenga sentido… aunque ambas cosas sean falsas), un kantiano “hacer como si” Dios y la inmortalidad fueran reales, pero solo a efectos prácticos, no como verdades científicas[5].
Kant: la razón práctica funciona como si Dios y la inmortalidad fueran reales
¿Es don Manuel un hipócrita? Nosotros llamaríamos así, más bien, al que dice una cosa y hace otra, o al que dice una cosa u otra según su propia conveniencia. Don Manuel no cree, pero quiere creer y sufre porque no lo consigue, lucha contra su propia increencia y la de los demás. La entrega al prójimo, la actividad sin cesar, es un “opio”, un escape o evasión que le permite soportar la lucha agónica contra su propio ateísmo y superar las tentaciones de darse por vencido aceptando finalmente el sinsentido de la existencia (“yo mismo con esta mi loca actividad estoy administrándome opio, y no logro dormir bien y menos aún soñar bien”).
Nietzsche: la religión cristiana niega la vida
Lo que queda finalmente claro es que la voluntad de verdad (“la verdad al precio que sea”) lleva finalmente al sinsentido y por tanto al suicidio. Nietzsche advirtió lúcidamente que esta voluntad de verdad se apoya en Dios (“nosotros los que buscamos el conocimiento, nosotros los impíos y antimetafísicos, sacamos nuestro fuego del incendio que prendió una fe de hace milenios, esa fe cristiana que fue también la fe de Platón y que cree que Dios es la verdad y la verdad es divina”[6]) y que al morir Dios caen todos los ideales que se apoyaban en él, incluido el afán de verdad. Quijotismo es empeñarse en crear la ficción de un sentido y una finalidad que no existen, pero también mantener la voluntad de verdad cuando se ha agotado la fuente de la que brotaba[7]. Quijote es don Manuel/Unamuno, pero también lo es Nietzsche derribando ídolos con una fuerza que recibe de esos mismos ídolos que derriba. Como Kant creía ser más platónico que Platón (“no es raro que… lleguemos a entender a un autor mejor de lo que él se ha entendido a sí mismo”), y Fichte más kantiano que Kant, podemos decir que Unamuno es más nietzscheano que Nietzsche: representa el hombre, o superhombre, que lleva la voluntad de poder más allá de todos los límites, hasta el extremo de querer resucitar a un dios que se sabe muerto y a todo lo que ha muerto con él, por ejemplo el deseo de inmortalidad y el sentido de la existencia. “Credo quia absurdum”, dijo Tertuliano, a lo que Unamuno responde: Amén. El enemigo a combatir no es el absurdo lógico, sino el tedio vital y la angustia de saberse suspendido entre dos nadas[8].
¿Qué debemos sacrificar, la vida a la verdad o la verdad a la vida? Nazarín nos da una respuesta y don Manuel la contraria, pero ambas coinciden en dar por buena la pregunta. Faltaría ver si es posible poner de acuerdo voluntad de verdad, voluntad de sentido y voluntad de no-morir. Haría falta un nuevo Tomás de Aquino para conseguirlo. Galdós y Unamuno, cada uno a su manera, se declararon incapaces.


[1] Podemos apreciar la relación con la teoría freudiana de los actos fallidos, expuesta por primera vez en Psicopatología de la vida cotidiana (1901), y retomada en los diferentes “compendios”, “introducciones”, “síntesis”, etc. de psicoanálisis que fue realizando Freud a lo largo de su carrera.
[2] Ockham fue totalmente consecuente al mostrar que, de acuerdo con la historia de Abraham, la moral no puede tener otro fundamento que la libérrima voluntad de Dios. La solución de Tomás de Aquino, por el contrario, es el lamentable y desesperado intento de conciliar razón y religión donde esa concordancia es evidentemente imposible: Dios tiene derecho a disponer de todas las vidas y Abraham al obedecerle no comete homicidio, sino que únicamente reconoce ese derecho. Un inconveniente, y no el único, de esta forma de argumentar es que sirve para todo, desde el sacrificio de Isaac hasta el expolio de los egipcios por los hebreos o el anatema que los israelitas lanzaban sobre ciudades enteras (hombres, mujeres, niños y ganado): lo que demuestra demasiadas cosas en realidad no demuestra ninguna.
[3] Desconozco si Unamuno tuvo conocimiento de la historia de Albert Schweitzer y si pudo servirle como inspiración de su personaje. Es bastante probable que conociera al menos su obra teológica, debido a su evidente importancia y al interés de Unamuno por el tema. En 1929 Schweitzer ya trabajaba como médico en Lambaréné, aunque su fama y reconocimiento público fue posterior (le fue concedido el Premio Nobel de la Paz en 1952).
Otro punto de coincidencia entre los dos personajes es su búsqueda de la unidad fundamental entre las diferentes religiones; en palabras de don Manuel: “todas las religiones son verdaderas en cuanto que hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho”.
[4] Otra referencia: Pascal, para quien todo lo que hacemos desde que venimos al mundo es solo una forma de olvidarnos de que tenemos que morir. Y acerca de la creencia en Dios: "Prefiero equivocarme creyendo en un dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un dios que existe. Porque si después no hay nada nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo." Es la famosa apuesta de Pascal, con la que Unamuno estaría de acuerdo durante la mayor parte de su vida, pero no en sus últimos años.
[5] El pensamiento de Kant se ha llamado “la filosofía del como si” (als ob), pues nunca afirma la realidad objetiva de lo que debe ser presupuesto (libertad, inmortalidad y Dios), sino únicamente su necesidad subjetiva (“fe racional”). Vemos cómo la cuestión de la verdad-concordancia se va desplazando hacia la cuestión del sentido-coherencia vital; Kant, que en su obra póstuma llega al ateísmo identificando Dios y razón práctica, anticipa a Schopenhauer y a Nietzsche haciendo que sea la voluntad la que crea un sentido donde la razón científica es incapaz de encontrarlo.
[6] F. Nietzsche: El gay saber, V, 344.
[7] A su manera también Nietzsche se empeña en crear un sentido de la vida terrenal sustituyendo el más allá por el eterno retorno.
[8] El nombre de la imaginaria diócesis donde se sitúa la también imaginaria localidad de Valverde de Lucerna, “Renada” ("dos veces nada"), parece aludir a la condición humana consistente en ir “de la nada a la nada”. Otra posible interpretación, poco compatible con la anterior, es interpretar “renada” (re-nata) como “nacida dos veces”, siendo la resurrección ese segundo nacimiento. Podemos recordar que los antiguos cultos órficos celebraban el doble nacimiento de Dioniso o Zagreo y que los creyentes esperaban igualmente un segundo nacimiento tras la muerte, o que el simbolismo bautismal cristiano alude también a la muerte (ser sepultado en agua) y re-nacimiento (salir de ella).