miércoles, 20 de julio de 2016

Rebelión en la granja (George Orwell)

Presentación del fragmento
 
     George Orwell (1903-1950) fue testigo directo de las atrocidades cometidas por los stalinistas en la guerra civil española, muchas veces contra sus propios compañeros de armas, sobre todo anarquistas y trotskistas. Durante la segunda guerra mundial, cuando la Unión Soviética e Inglaterra eran aún aliados militares, Orwell se señaló como uno de los pocos intelectuales de izquierdas que criticaron la dictadura soviética. Escrita en forma de parábola, Rebelión en la granja es una feroz denuncia del sangriento régimen. 
      El fragmento seleccionado corresponde a una de las páginas más vergonzosas de la historia de la URSS: las “purgas” contra sospechosos de desviacionismo, muchos de los cuales se autoacusaron voluntariamente de crímenes inexistentes por amor al partido y a su líder.

 Fragmento (capítulo VII)

     Los cuatro cerdos esperaban temblando y con la culpabilidad escrita en cada surco de sus rostros. Napoleón les exigió que confesaran sus crímenes. Eran los mismos cuatro cerdos que habían protestado cuando Napoleón abolió las reuniones de los domingos. Sin otra exigencia, confesaron que estuvieron en contacto clandestinamente con Snowball desde su expulsión, colaboraron con él en la destrucción del molino y convinieron en entregar la Granja Animal al señor Frederick. Agregaron que Snowball había admitido, confidencialmente, que él era agente secreto del señor Jones desde muchos años atrás. Cuando terminaron la confesión, los perros, sin perder tiempo, les desgarraron las gargantas y, entre tanto. Napoleón, con voz terrible, preguntó si algún otro animal tenía algo que confesar.
     Las tres gallinas, que fueron las cabecillas del conato de rebelión a causa de los huevos, se adelantaron y declararon que Snowball se les había aparecido en sueños incitándolas a desobedecer las órdenes de Napoleón. También ellas fueron destrozadas. Luego un ganso se adelantó y confesó que había ocultado seis espigas de maíz durante la cosecha del año anterior y que se las había comido por la noche. Luego una oveja admitió que hizo aguas en el bebedero, instigada a hacerlo, según dijo, por Snowball, y otras dos ovejas confesaron que asesinaron a un viejo carnero, muy adicto a Napoleón, persiguiéndole alrededor de una fogata cuando tosía. Todos ellos fueron ejecutados allí mismo. Y así continuó la serie de confesiones y ejecuciones hasta que una pila de cadáveres yacía a los pies de Napoleón y el aire estaba impregnado con el olor de la sangre, olor que era desconocido desde la expulsión de Jones.

Trabajando el fragmento en clase

     1. La obra pertenece a un género literario conocido como “parábola”. ¿Cuáles son los dos significados, literal y figurado, que aparecen en ella?
     2. Identifica los personajes históricos que están representados por Napoleón y Snowball y relata brevemente la historia de su relación.
      3. ¿Quiénes son y a quiénes representan el señor Jones y el señor Frederick?
     4. Lo que más impresiona de este fragmento no es tanto la crueldad del tirano como la sumisión de sus víctimas. ¿Qué motivos pueden tener para acusarse de crímenes falsos y absurdos, aceptando la muerte antes que cuestionar al jefe?
      5. Todas las dictaduras y tiranías justifican sus actos por el bien del pueblo. ¿Crees que existe alguna diferencia, en el fondo y no en la propaganda, entre dictaduras de izquierdas y de derechas? ¿Cuál o cuáles?
     6. ¿Cuál es el significado de la referencia final al olor de la sangre, “desconocido desde la expulsíón de Jones”? ¿Se puede interpretar en un sentido anarquista, como que todo poder termina en tiranía? Razona la respuesta y di si estás o no de acuerdo.

Regreso a Shinbone

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Medio siglo después del estreno de El hombre que mató a Liberty Valance, la hermosa oración fúnebre que John Ford recitó sobre la tumba del clásico cine del oeste, el presente relato pretende recuperar el ambiente y personajes de esta película, arrancando inmediatamente después del acontecimiento central de la misma (primer párrafo) y aprovechando una de las numerosas elipsis que la puntúan para narrar una historia distinta.



 
En lo profundo del callejón el tratante de caballos Thomas Doniphon devolvió el rifle a su criado Pompey al tiempo que comprobaba cómo el cuerpo sin vida del pistolero Liberty Valance caía al suelo, unos metros por delante de la trémula figura con delantal del abogado, maestro y ayudante de cocina Ransom Stoddard. Nadie pudo oír lo que murmuró entre dientes, pero con toda seguridad se trataba de una maldición.
-¿Qué va usted a hacer, ahora que el malo ya está muerto? –preguntó Pompey, que en realidad no hacía otra cosa que poner sonido al pensamiento de Doniphon.
-Pompey, aprecio tus servicios porque sabes tener la boca cerrada, preferiría que no cambiaras.
Entró en el restaurante y al cruzar la puerta de la cocina lo que vio no le gustó nada: Hallie, su novia hasta entonces, besaba y abrazaba al héroe del momento. Un intercambio de miradas fue suficientemente expresivo de que entre ellos no había nada más que decir. Se dirigió a otro local para emborracharse a conciencia, pero tampoco allí lo dejaban en paz. Muchos tragos de alta graduación y algunos puñetazos después, Doniphon entregaba al fuego la casa que había estado construyendo para que Hallie viviera en ella. Había perdido su razón de ser y ya no la quería para nada. Su último pensamiento antes de caer desmayado, vencido por la tensión emocional y el altísimo porcentaje de alcohol en sangre, fue para los caballos: ellos no tenían la culpa, debían ser devueltos a la naturaleza a la que nunca habría que habérselos robado.
Al día siguiente Doniphon despertó al abrigo de unos árboles donde (supuso) Pompey había arrastrado su pesado cuerpo. Notó la humedad de sus ropas, y no estaba seguro si era el rocío de la mañana o su vejiga que se desbordaba sin esperar el permiso de la voluntad consciente. A fin de incorporarse presionó con el hombro en la tierra, pero a escasos centímetros de esta la cabeza volvió a caer. Era evidente que no podía quedarse tirado en el suelo todo el puñetero día, así que giró sobre su propio eje longitudinal, se puso boca abajo, levantó el trasero clavando sus rodillas en tierra y estaba apoyando las palmas de ambas manos cuando…
-Qué maravilloso espectáculo, Tom Doniphon a cuatro patas como un cerdo.
Esa voz sonaba familiar, pero no tenía ganas de jugar a las adivinanzas. El sol lo cegaba cuando levantó la vista y creyó percibir dos figuras, una de las cuales debía de corresponder a Pompey y el otro sería…
-Sí, Tom, no me mires con cara de estúpido, soy Oscar.
“Oscar” es como todo el mundo lo llamaba, pero su nombra real era Oskar Weissland, alemán o algo así, único superviviente de una familia a la que masacraron unos indios comanches que lo criaron como uno de ellos hasta que fueron, a su vez, masacrados. El niño fue entregado a un hogar del Ejército de Salvación de donde tardó menos de una semana en huir y empezar a buscarse la vida sin ayuda. Debía de contar por entonces con unos diez años y ahora rondaría los treinta, una edad en la que los que conseguían llegar a ella llevando una vida semejante a la suya empezaban a pensar en el merecido retiro y en una vejez tranquila.
Oscar, compañero de juergas y confidencias cuando ambos eran adolescentes ansiosos por exprimir la vida…; se entendían perfectamente los dos, hasta que el destino hizo que sus caminos divergieran: un disparo durante una borrachera, un niño muerto por accidente y la necesidad de huir a toda prisa. Fue Oscar quien disparó, pero podría haber sido Tom. Apenas tuvieron tiempo de decirse adiós, un hasta la vista que sonó como hasta nunca. Lo cierto es que esa experiencia sirvió a Doniphon para escarmentar en cabeza ajena y buscar un oficio respetable. De vez en cuando le llegaban noticias de su antiguo amigo, que según decían se había convertido en un peligroso pistolero.
Tom, que no había cambiado de postura, realizó un esfuerzo sobrehumano para articular sonidos en forma de frase inteligible. “¿Qué haces tú por aquí?”, sería una interpretación aproximada de lo que intentó decir.
-Vengo por un trabajo, pero de camino me acordé del payaso de Doniphon y me entró curiosidad por saber cómo le iba…
“Me entró curiosidad” era la manera como Oscar decía que deseaba encontrarse con un viejo amigo al que no había visto en muchos años.
-…y al llegar me encuentro la casa quemada, ni un solo caballo en la cuadra y a Doniphon en un estado lamentable.
Tom habría deseado pedir perdón a Oscar por defraudar sus expectativas, pero en vez de eso se dio por vencido, dejó caerse y renunció a seguir escuchando. Tuvo la confusa sensación de flotar en el aire hasta que lo sentaron con la espalda apoyada en un tronco de árbol. Tras un tiempo que igual pudo ser unos minutos o una hora, el aroma del café lo devolvía a la vida. Pompey sujetaba el cazo de metal, por lo que él sólo tuvo que adelantar ligeramente los labios para empezar a sorber despacio.
Oscar estaba sentado, o más bien recostado, sobre una gran piedra, contemplando la casa quemada y moviendo la cabeza como sin acabar de creérselo.
-¿Decías algo de un trabajo? –preguntó Doniphon, que costosamente y a trompicones empezaba a hacerse idea de la situación.
-Sí, al parecer un tal Landers está buscando gente que trabaje para él como guardaespaldas o algo parecido.
Tom pensó que Oscar se refería a Sanders, uno de los principales miembros del grupo de terratenientes que, al norte del río, no conocían más ley que su propia voluntad, esos que pagaban a gente como Valance para atemorizar y someter a quienes pudieran plantear objeciones a su poder absoluto. Y cualquiera que fuese su propósito inicial al llamar a Oscar, era razonable suponer que él y sus amigos le ofrecerían cubrir la vacante dejada por Valance.
Hasta la noche anterior Thomas Doniphon había obedecido siempre una máxima: abstente de intervenir en asuntos que no te conciernan directamente; regla que le había facilitado considerablemente la supervivencia y que violó cuando, agazapado entre sombras, disparó contra Valance. Probablemente habría deseado cerrar el paréntesis y volver a su abstencionista forma de vida anterior, pero el espectáculo de la devastación demostraba contundentemente la inviabilidad de este deseo.
-En mi opinión, no deberías aceptar ese trabajo.
-Respeto tu opinión, pero la respetaría más si me ofrecieras otro trabajo en vez de ese.
-Como puedes ver, estoy arruinado.
-Y como podrías ver si no fuera por la resaca que llevas encima, yo tampoco nado en la abundancia, por lo que no puedo permitirme rechazar un empleo bien pagado.
Además de un esfuerzo mental irrealizable para Tom, era inútil añadir argumentos: salvo que hubiera cambiado mucho, Oscar no era de los que se dejan convencer fácilmente. No porque fuera o se creyera inteligente, que ni lo uno ni lo otro, sino por la paradójica unión de una natural desconfianza hacia todo el mundo y la conciencia de sus propios límites: como se creía medio idiota, pensaba que todos creían lo mismo de él y hacían lo posible por engañarlo (lo cual era, la mayoría de las veces, cierto). Qué lástima que no hubiera pensado así cuando le hablaron de la oferta de Sanders.
-Quizá Landers tenga algún trabajo para ti, si quieres se lo pregunto.
-No te molestes.
-Pues hasta la vista –dijo Oscar tirando los restos del café a las brasas y levantándose después.
-Adiós, Oscar, ten cuidado.
Oscar se marchó sin saber que había pasado a engrosar la lista de enemigos de Tom Doniphon. Este, una vez que se quedó solo, se incorporó unos centímetros, bajó la cabeza y vomitó todo lo vomitable, expresión fisiológica adecuada para un mundo interior hecho de asco, amargura y desesperación.
Al atardecer el ex tratante de caballos Thomas Doniphon se lavó, se afeitó y vistió por última vez su recién limpio traje de los domingos. No necesitó explicar nada a Pompey, pues este sabía dónde se dirigía cuando salió de la finca rifle en mano. Tampoco Pompey preguntó nada, se limitó a caminar unos pasos por detrás de él. Ambos entraron en el callejón y buscaron un escondite al fondo, muy cerca de donde habían estado la noche anterior.
Doniphon sabía que Oscar aparecería por allí, como así fue. Sabía también que, al contrario que Valance, Oscar no perdería el tiempo retando a Stoddard para crear la apariencia de un duelo justo: le dispararía tan pronto tuviera ocasión sin darle ninguna opción a defenderse y después huiría al galope, terminando así lo que Valance había empezado y consiguiendo que Stoddard dejara de molestar para siempre.
Era noche muy avanzada cuando escucharon el caballo de Oscar y a este que desmontaba despacio, caminaba unos metros y se paraba en la entrada del callejón como si estuviera buscando algo. Tom sabía lo que buscaba y era lo mismo que él ya había encontrado: un rincón donde esconderse. Seguramente habían dicho a Oscar que Stoddard acostumbraba llegar a la cocina del restaurante antes de la salida del sol y que no cambiaría de costumbres solo por haberse convertido en el héroe local. Como además era un perfecto imbécil, no se le ocurriría pensar que alguien podría estar esperándolo ni tomaría ninguna precaución.
Tom esperó un rato para asegurarse de que Oscar estaba solo. Cuando ya estaba bastante seguro de ello dejó que su voz rompiera el silencio de la noche.
-Oscar, te dije que no aceptaras ese trabajo.
“Espero que no sea tan estúpido de echar mano al revólver”, se dijo a sí mismo pero de forma que también Pompey pudiera oírlo. Lo que Tom esperaba que no hiciera fue justamente lo que Oscar hizo: desenfundar. Un segundo después ya estaba en el suelo con un agujero de bala entre ceja y ceja.
Doniphon experimentó una sensación extraña e incómoda, la de ser él mismo quien se desplomaba expulsando un último aliento mientras sus ojos se cubrían de sangre y tinieblas. Lo sabía: si tras disparar a Liberty Valance había quedado algo de su persona o su vida anterior, ese resto desapareció del todo al matar a Oscar, antiguo cómplice de fechorías y recuerdo ya muerto de su propia existencia en aquel mundo salvaje y primitivo donde cada uno luchaba por su vida y las diferencias se resolvían a tiros. Tom Doniphon no tenía nada que hacer en este otro mundo que estaba naciendo como un jardín plantado en medio del desierto, tan civilizado y tan diferente al que ahora sentía derrumbarse.
-Al menos esta vez le dio usted una oportunidad –susurró Pompey.
-Como ya te he dicho, últimamente hablas demasiado.
Tom Doniphon arrojó el rifle para que Pompey lo recogiera, exactamente igual que hizo la noche anterior. Escupió una blasfemia que probablemente no llegó hasta el cielo, o si lo hizo no fue tenida en cuenta por el autor del universo. En esta ocasión no se dirigió a ninguno de los ya cerrados locales del pueblo, sino que lentamente caminó hacia las afueras seguido a unos pocos metros por su fiel y negro criado. Unas horas después encontrarían el cadáver de Oscar, pero, aparte de ellos dos, nadie sabría nunca quién le disparó.
Aunque tal vez, pensó Doniphon, no le quedara más remedio que tener unas palabras con Stoddard: este debería entender que lo mejor para Hallie, después de haber aprendido a leer, era tener una vida que le permitiera hacerlo, y lo mejor para él mismo era emprender una carrera política lejos de Shinbone, y si ese idiota engreído que le había robado la novia se empeñaba en no verlo así habría que explicarle un par de cosas sobre el hombre que mató a Liberty Valance.

Publicado en "Cardenio", revista literaria del I.E.S. Cervantes, en junio de 2011 

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martes, 19 de julio de 2016

El linaje de Sherlock Holmes

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Variaciones, reinvenciones y resurrecciones

Publicado en "El Ingenioso Hidalgo" (I.E.S. Cervantes) en abril de 2011



Aquejados de una dolencia moral semejante al complejo de Edipo, los detectives de novela tienen la fea costumbre de orinar sobre las tumbas de sus antepasados. Sherlock Holmes lo hizo sobre la de su padre Auguste Dupin (padre espiritual, se entiende, pues los personajes literarios no suelen tener descendencia física como las ideas no dan lugar a existencias, argumentos ontológicos aparte). En Los asesinatos de la calle Morgue, Dupin exhibe su destreza deductiva reconstruyendo la cadena de pensamientos del silente acompañante de paseos y cómplice de extravagancias. Lo mismo haría, varias décadas después, Holmes para sorpresa del siempre dispuesto a sorprenderse doctor Watson.
También la micción holmesiana discurre más espiritual que biológica, más metafórica que literal. En realidad, Holmes fue hijo de muchos padres, algunos ficciones literarias como el Dupin de Poe o el sargento Cuff de Wilkie Collins (La piedra lunar), otros físicamente consistentes como el delincuente-policía Vidocq, el doctor en medicina Joseph Bell o el más conocido de todos, el escritor y cazador de hadas Arthur Conan Doyle. Este último dejó a la posteridad uno de los mayores monumentos a la desvergüenza, cuando en su Estudio en escarlata puso en boca del pobre Sherlock sentencias vomitadas a traición como puñaladas traperas: “Dupin era un hombre que valía muy poco. Aquel truco suyo de romper el curso de los pensamientos de sus amigos con una observación que venía como anillo al dedo, después de un cuarto de hora de silencio, resulta petulante y superficial”. Y se quedó tan tranquilo, ¡él, que no hizo otra cosa que volver una y otra vez a los mismos recursos narrativos de Poe!
Sherlock Holmes tuvo a su vez hijos que renegaron de su ascendencia o, peor todavía, escupieron sobre ella. Quizá el único que soporta su linaje con cierta dignidad sea el detective belga Hercule Poirot –léase erkiul puagó-, cuyas historias siguen una diabólica progresión que lleva primero al desvelamiento de su watson ocasional como narrador veraz y ¡a la vez! frío asesino y después a que el propio detective se convierta personalmente en criminal al servicio de una justicia superior a la establecida por las leyes humanas. Quien desee comprobar por sí mismo lo que acabo de decir puede leer, en el orden indicado, El asesinato de Roger Ackroyd y Telón, con seguridad las dos mejores novelas de Agatha Christie. Nada hay nuevo bajo el sol: otro holmes televisivo, el investigador forense Dexter Morgan, lleva esta tendencia al extremo al soportar una doble vida como detective de día y, de noche, asesino en serie que elige a todas sus víctimas entre los otros asesinos en serie.
De otros como el Marlowe de Chandler, el Continental Operator de Hammet, el Nero Wolfe de Rex Stout, el Brunetti de Donna Leon o el Wallander de Mankell podemos decir que afirman su personalidad asesinando al padre común, en algunos casos abuelo, aunque cada uno siguiendo su propio método: Hammet y Chandler prescinden de Watson al narrar en primera persona, pero sobre todo reivindican el realismo en el género policial, el primero introduciendo los auténticos métodos de los detectives de verdad, que conocía muy bien por haber sido uno de ellos, y el segundo rechazando que los asesinos reales planifiquen sus crímenes como ejercicios de lógica. Rex Stout sigue el camino diametralmente opuesto hasta la abstracción casi absoluta: Nero Wolfe (“cerebro conservado en grasa”) no necesita salir del apartamento que habita, su particular 221B de Baker Street, para resolver los enigmas que le encargan y así obtener el dinero suficiente para sufragar sus costosas aficiones: gastronomía, cerveza y orquídeas. Eso sí, conscientes de ser los percevales y amadises de los días que les ha tocado vivir, todos ellos pueden saltarse ocasionalmente la ley, pero nunca traicionan su ideal caballeresco: de Marlowe dijo su creador que podría seducir a una duquesa, pero dejaría intacta a una virgen. Quijote puro, pero también duro.
Ya en el siglo XXI Brunetti y Wallander hacen más que colaborar con la policía, son ellos mismos policías (socialdemócratas convencidos, prefieren lo estatal a lo privado). Paradoja en carne viva: ¿acaso puede un funcionario, esclavo de la ley, actuar como caballero andante que elige libremente servir a la justicia? Pues la mitología holmesiana no es en el fondo distinta de la épica caballeresca, mutando tan sólo espada y lanza por observación y razonamiento, y demuestra su actualidad reinventándose a sí misma, adoptando nuevas formas para contenidos vetustos, odres nuevos para vino viejo. En 2010, hace más o menos un año, pudimos ver una superproducción cinematográfica que a algunos gustó y a muchos decepcionó, y de la que llega ahora una segunda parte. Otra serie de televisión nos muestra cómo sería un Holmes actual: homosexual no practicante con página web propia, crítico con la guerra de Afganistán (de la que Watson vuelve herido, como en la obra original, ¡publicada en 1888!) y que supera su adicción al tabaco mediante parches de nicotina, imposible sustituto de la insustituible pipa o de la innombrable solución de cocaína al 7%; peajes artificiales a la corrección política dominante, que sin necesidad restan interés a una producción por lo demás bastante aceptable.
Y parece ser que pronto llegará al cine el mismo Sherlock Holmes visitando el Madrid de hace cien años. Película made in Garci, calidad mínima garantizada, ¿alcanzará la altura artística que el tema reclama y de la que el mismo Garci (ex alumno del Cervantes) ya se ha mostrado capaz en otras ocasiones? Yo, al menos, espero que sea así. Mientras llegan los nuevos estrenos podemos recuperar las dos mejores visiones cinematográficas del personaje: El perro de Baskerville, de Terence Fisher, y La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder. Disfrutad de ellas, merece la pena.